Luisa Baron | Médica psiquiatra especialista en Fertilidad

Nota La Nación | Generalidades de la infertilidad

Infertilidad

La historia del deseo del hijo en la mujer empieza mucho antes de llegar a la primera consulta médica de infertilidad. Desde pequeña, independientemente de que sea un hecho cultural o instintivo, la niña juega a tener hijos, nutre y cuida. El juego del embarazo y las elucubraciones sobre el parto son parte de un desarrollo normal.

Ya en la pubertad se prepara con ansiedad para la aparición de la menstruación como signo de madurez y capacidad de engendrar. La misma es hasta ese momento equivalente a salud. Mes a mes la acompaña  y en el caso de mantener relaciones sexuales, la tranquiliza  mientras no exista el deseo de tener un hijo.

Más tarde, cuando toma la decisión de tenerlo, el ciclo ya no es un camino hacia la menstruación sino que se convierte en el ferviente deseo de que esto no ocurra. Los síntomas se confunden con los de embarazo y la menstruación es recibida con desilusión y tristeza de vacío y desamparo. La mujer tiene un organismo preparado para el embarazo y por lo tanto siente que su feminidad puede estar atacada. Vive este hecho como un castigo. Secretamente lo asocia con situaciones anteriores, vividas con culpa: abortos provocados, relación hostil con la madre, etc. Siente envidia hacia los embarazos de otras  y evita el contacto con niños y panzas. Como consecuencia surge un aislamiento voluntario. Cuando expresa frente a otros sus experiencias, recibe en ocasiones juicios de valor sobre su ansiedad y el “escaso” tiempo que transcurrió desde el comienzo de la búsqueda. Esto sumado a los sentimientos de inferioridad por los que atraviesa, hace que tema estar viviendo con desmesura esta situación generándole inclusive fantasías de anormalidad. Siente que su identidad, su futuro y su pareja podrían correr peligro. En algunos casos, apurada por su reloj biológico comienza a vivir esta situación con gran ansiedad y características de idea fija. La tristeza deviene en depresión.

En el hombre el deseo de paternidad aparece más tardíamente. Si bien no es el juego elegido por los niños pequeños, en algún momento de su desarrollo, incluye en sus fantasías formar una familia como parte de su planificación de vida.

En la adolescencia es entrenado para no embarazar. Se le explica que un sólo espermatozoide puede generar el embarazo no deseado. Más adelante cuando siente que está  preparado, recién comprende que este espermatozoide debe estar acompañado por varios millones más, con movilidad, forma y capacidad de penetración que no siempre tienen. Menos conectado que la mujer durante su desarrollo a su aparato reproductor, a veces sólo lo conoce por su falencia. En una sociedad donde la capacidad de engendrar, la masculinidad, y la virilidad están indisolublemente ligadas, el hombre tiene sentimientos de inferioridad y temor frente a su posible infertilidad.

Como tiene menor  necesidad de comunicación y mayor capacidad de disociación que la mujer, junto con un aprendizaje para autoabastecerse y controlar sus emociones, vive su experiencia en soledad.

La infertilidad es siempre una crisis que genera intenso stress, tanto individual como de pareja. Probablemente la primera que ambos enfrentan en forma conjunta. Hasta el momento uno puede haber sido el apoyo del otro. En esta crisis ambos son parte del problema. Comparten las emociones, pero las enfrentan con diferentes modalidades, propias de las diferencias de los sexos, cada uno con su bagaje y su personalidad.

El paciente no es uno, son dos y es difícil que coincidan. Sus tiempos son diferentes: ¿Cuándo es el tiempo de realizar la primera consulta? Seguimos esperando. Y ya en el tratamiento: ¿Cuándo intentar otra inseminación o pasar a otra técnica de mayor complejidad? Uno es el optimista, otro es el pesimista.

La negación, componente normal de las primeras etapas de la búsqueda de uno puede oponerse a la ansiedad del otro. Frente a un diagnóstico de patología uno puede sentir que el otro le hizo perder un tiempo irrecuperable.

Atraviesan juntos una larga cadena de pérdidas: autoestima, confianza en sí mismos, comunicación y placer que van tiñendo otros aspectos de su vida que nunca antes habían salido de su intimidad.

El embarazo que no se logra ocupa una gran parte de sus vidas y ambos tienen temor de perder en este camino el valioso vínculo de pareja que es lo único concreto que tienen. La infertilidad es habitualmente diagnosticada y tratada en el cuerpo, y así aparece en el discurso manifiesto de los pacientes. Desde nuestra perspectiva no se trata de sustituir la causalidad por la psíquica sino de tomar a la infertilidad como un verdadero síntoma que si bien esta  situado en el cuerpo no por ello deja de ser enigmático.

Todos conocemos las influencias negativas que la sociedad ejerce sobre estas parejas, agregando factores de presión, tanto a nivel familiar como social.

El médico en esta especialidad recibe proyecciones de sus pacientes en forma constante y en muchas ocasiones se identifica con ellos. Idealizado si logra el embarazo, pero cuestionado si no lo hace, a veces vive los límites de la técnica como si fueran fracasos propios y se siente impotente. Si tenemos en cuenta que sus chances de éxito son sólo de un 30 a 40 % comprendemos que también resulte difícil emocionalmente para él.

El psicoanalista incorporado al equipo tendrá  como función crear un campo de interacción para que puedan ser verbalizadas las emociones y la fuerte ambivalencia que genera el procedimiento. Ofrecer una escucha sobre lo que el paciente no puede decir debido a la naturaleza inconsciente.

Sentimientos de pérdida en la infertilidad

El camino de la infertilidad hace que las parejas experimenten una serie de sentimientos inusuales que terminan en un enfrentamiento entre ellos mismos. Estos son el resultado de múltiples pérdidas. La naturaleza de éstas pérdidas y su importancia varían de persona a persona. Aquí los hemos categorizado entre primarios y secundarios.

Las pérdidas primarias se deben directamente a las experiencias de la reproducción. Muchas parejas piensan que jamás podrán lograr lo que tanto buscan. Existen varios tipos de “vacío”; entre ellos se encuentran la pérdida de un bebé, la pérdida de la continuidad genética y el sentimiento de la paternidad fallida.

La pérdida de un bebé es la mayor pérdida que una mujer puede experimentar. Muchas de  ellas adjudican esta pérdida a su destino biológico. Esto las hace sentir solas y frustradas; y si bien para el hombre también puede ser doloroso, su identidad no se ve amenazada. En cambio la de la mujer sí, mas que nada por la imposibilidad de vivir un embarazo.

La pérdida de la continuidad genética es otra gran pérdida que las parejas infértiles deben enfrentar. Para el hombre, que su única conexión con su futuro hijo/a es la genética, la pérdida puede ser crucial. Este aspecto tiene dos partes; por un lado la genética ( la transmisión de rasgos, características, similitudes) y la genealogía ( el lazo sanguíneo).

Si bien la discusión  a cerca de la importancia de los genes en el amor hacia los hijos no es una discusión con grandes acuerdos  (ni probablemente será cerrada); hay que saber que la carga genética juega un gran papel, no sólo en el aspecto físico, sino también por la personalidad y el temperamento de un ser humano. Y si bien también es muy común ver padres con hijos biológicos muy distintos a ellos, es muy probable que en el fondo sí posean similitudes marcadas, y también de sus abuelos y bisabuelos. Por esto mismo las parejas infértiles tienen que pensar y enfrentar (con dolor) que existe la probabilidad de que nunca puedan mirar a sus hijos y ver el reflejo de ellos o de otro familiar.

Una vez comenzados los tratamientos, si el resultado es positivo bien,  pero los resultados negativos traen otra desilusión; la fantasía de no lograrlo nunca, el miedo a que esta vez el diagnóstico sea irreversible. Cuando la solución es pasar a una etapa más compleja, como un tratamiento IVF, se suma la pérdida para el hombre de su posibilidad de fecundar a la mujer, y de dejar en manos del equipo médico una de sus funciones mas deseadas; su mujer será fecundada en el microscopio. Si deben recurrir a la donación de gametos surge el duelo por no poder transmitir la carga genética, etc.

Como ya dijimos, la imposibilidad de procrear significa la pérdida de la genealogía. Para mucha gente esta pérdida es muy profunda. Especialmente para aquellas familias muy religiosas; como también para quienes le dan gran importancia a los lazos familiares y a las historias de sus antepasados.

El último caso de pérdidas primarias es el de la paternidad. Aquí nos encontramos con una situación muy común. Por un lado sabemos que la adopción, mientras no cura la infertilidad, sí cura la falta de un hijo/a. Pero por  otro lado, las parejas infértiles, acostumbradas a la decepción,  a las pérdidas, a la soledad, a la frustración, tienen mucho miedo de que luego de aplicar para una adopción, ninguna agencia ni organismo encargado los elija. En general las parejas no tienen en cuenta la idea de la adopción, hasta bastante tiempo después de los esfuerzos fallidos.

Las pérdidas secundarias se deben a como las parejas infértiles se ven a sí mismos y a aquellos que tienen a su alrededor. Esto se puede dar en diferentes grados, dependiendo de la pareja y su situación particular; pero en general afecta mas que nada a su autoestima a la pérdida del control sobre sí mismo y a la pérdida de la intimidad y del placer sexual.

La pérdida de la comunicación con otros generalmente frustra a la pareja, ya que aquel que no ha pasado  por la experiencia no imagina lo que significa. A veces la opinión sobre que no se esfuerzan lo suficiente, o que deben quedarse tranquilos, que debe ser psicológico, que si se relajan o  si se van de vacaciones lo van a lograr, es aún peor para estos pacientes.

La pérdida de la seguridad: Estos tratamientos no están contemplados por la mayoría; generando gastos altos y esfuerzos económicos sin resultados asegurados, recordemos las chances del 30% a  40 % de que el tratamiento arroje resultados positivos.

La pérdida de la salud: La mujer sufre en su propio cuerpo la mayor parte de los estudios y aún en casos  de diagnóstico de infertilidad  masculina, debe sufrir la parte más traumática de las técnicas de reproducción; aumentando su ansiedad y en algunos casos desarrollando sentimientos adversos hacia su pareja. El trayecto hasta llegar al hijo los obliga a enfrentarse una y otra vez con difíciles esperas de resultados. Todo esto se complica más con pacientes temerosos a los procedimientos médicos.

En el camino de la infertilidad aparecen desilusiones y decepciones tan fuertes que,  incluso cuando aparece el tan buscado bebé, estas pérdidas son difíciles de reparar.

La pérdida de control sobre sí mismo, o mejor dicho, la ilusión del control, es una de las más dolorosas lecciones de la infertilidad; Hasta ese momento ambos pueden haber organizado sus vidas de acuerdo a sus deseos y con mayor o menor esfuerzo haber logrado sus objetivos; pero esta patología no se soluciona con el esfuerzo, pueden intentar una y otra vez y no lograrlo. Descubren que la vida no es siempre justa y que no podrán asegurar su éxito a pesar de los intentos. Sienten que pasan a depender de otros, para algo tan natural como reproducirse, que no pueden controlar sus vidas. Las investigaciones que he realizado muestran que cuanto más largo es el período de infertilidad, la mujer más se auto convence  de que la suerte es la que determinará su futuro. Pero la infertilidad nos enseña que la vida no siempre es justa, y aquellos que intentan con todas sus fuerzas y juegan al pie de la letra las reglas del juego, lamentablemente no siempre salen ganando. Esta pérdida del control a veces hace que las parejas se pregunten para qué seguir intentando con algo que no parece ser más que un sueño.

La pérdida del placer: Cuanto más dura la infertilidad más profundo suele hacerse el problema. Si bien algunas parejas tienen la habilidad de separar la intimidad sexual de la reproducción (lo cual ayuda a preservar a la relación sexual) es una situación claramente difícil de lograr.

Al ser el coito la precondición para la reproducción (o por lo menos es prioridad antes de los procedimientos artificiales) el tema de la sexualidad se encuentra constantemente en el trasfondo de la relación de pareja. La experiencia de hacer el amor, la candidez y la intimidad, pasan a ser una miedosa tarea.  Llena de miedo lo que antes solía ser una pareja apasionada. Muchas veces las parejas se sienten solas cuando experimentan este tipo de problemas, porque el tema del sexo es raramente discutido y/o consultado.

Antes de empezar a tratarse con algún tipo de reproducción asistida, las parejas pasan meses incluso años teniendo relaciones de acuerdo al calendario, o sea al momento de la ovulación. Aquí entra el tema de la espontaneidad; ya que muchas veces toman consejos tales como utilizar posiciones específicas que desde ya reducen la espontaneidad  (y no son muy eficaces).

La infertilidad saca  la intimidad de la relación sexual, el cuarto de una pareja pasa a ser la clínica donde se atienden, y esta asociación reduce el deseo sexual. Rara vez una pareja discute su vida sexual con otros, por lo tanto la privacidad es un tema delicado que a través de muchos estudios que se le realizan, ésta se va perdiendo. Las parejas describen un sentimiento de estar siendo constantemente observados por su médico.

Otra de las pérdidas que se experimentan es la pérdida de la independencia, tanto el hombre como la mujer, ya se han independizado de sus familias de origen y formaron su pareja tomando decisiones libremente en todos los aspectos. En éste pasan a depender de otros (un equipo médico con  horarios y gastos que dirigen una parte importante de sus vidas) en un punto que debería ser mas facil y natural.

La pérdida de la experiencia de embarazo y de parto, es una vivencia muy dolorosa para la mujer, muchas manifiestan haber soñado con ese momento desde muy pequeñas. Y  los hombres lamentan no poder ver el vientre de su mujer aumentar y sentir los movimientos del bebé en el útero.

Tanto el hombre como la mujer infértil desarrollan sentimientos de inferioridad frente a otros que pueden procrear fácilmente ¿Cómo nos resulta tan difícil? ¿ Por qué a nosotros? Algunos atribuyen su infertilidad a una mala relación de pareja.

La ansiedad y la tensión están constantemente alrededor de la infertilidad, consecuentemente el encuentro sexual va perdiendo lugar  de manera progresiva. Los maridos sienten ansiedad de tener relaciones, las esposas sienten miedo porque sus maridos no puedan tener relaciones. Los hombres pueden empezar a sentirse rechazados, creyendo que sus esposas desean mas al bebé que a ellos mismos; y cuando éstos sienten que la razón de sus mujeres por tener relaciones es el sólo hecho de quedar embarazadas, y no por un intercambio de placeres, tienden a perder interés.

Las mujeres infértiles suelen tener miedo de ser indeseables en el aspecto sexual; y esto lleva a que con el tiempo ellas mismas empiecen a perder el interés y el deseo. Es similar lo que les pasa a los hombres, ya que infertilidad y virilidad van de la mano, y cuando son éstos los que la padecen, empiezan a sentirse inferiores y subyugados. Muchas veces sin un historial, cuando los hombres descubren que son infértiles, comienzan a tener problemas de impotencia. Las mujeres, cuya identidad está muy relacionada con ser madre algún día, sienten el pesar de la infertilidad constantemente.

Hasta ese momento la sexualidad pudo haber sido un punto de encuentro de placer y de juego para la pareja, un lugar para la espontaneidad y la creatividad; luego de unos pocos meses sin embarazo comienza a aparecer entre los dos el calendario y de distintas maneras se intenta mantener relaciones sexuales cerca de la fecha de la ovulación, a veces a aumentar la frecuencia u optar por ciertas posiciones que popularmente generan embarazos… y el embarazo no ocurre. Inevitablemente se pierde espontaneidad, se lo vive como una obligación y termina transformándose en un trabajo con una llamativa disminución cuantitativa y cualitativa en el momento menos oportuno. Deviene vergonzoso para la pareja que en el medio de una autoestima disminuida sienten que son los únicos a quienes les ocurre esto, y les resulta muy difícil comunicarlo a otros.  La pérdida del placer sexual es una de las más graves, claro está que existen otras   (tiempo, dinero, carreras, relaciones con otras personas) pero el sexo no sólo provee placer sino que también hace más fuertes los lazos de la intimidad. En el momento donde las parejas más necesitan estar unidas, es donde se ve el momento de la crisis.

La infertilidad es un estado de duelo permanente. Puede teñir otros aspectos de la vida; es normal que la mujer se despierte y se duerma pensando en el “niño que no tiene”. En el hombre a la larga, puede disminuir su capacidad de concentración y debido a los sentimientos de inferioridad resultantes, es común que relaten que disminuye su capacidad competitiva; por ejemplo en los deportes.

Generalmente lo que se hace en IMPSI  es reunir a grupos de pacientes orientados por profesionales y ex pacientes. Esto genera comunicación con otros que atraviesan por lo mismo, y apoyo  constante en cada test o tratamiento reduciendo la soledad, y la sensación de estar viviendo de manera “anormal”.

Cuando una mujer está en tratamiento y otra le dice: “ yo nunca haría todo ésto para tener un hijo” provoca sentimientos de culpa e inferioridad. Para muchos estar en contacto con parejas que festejan bautismos, o que están en la etapa de crianza de sus hijos, los hace sentir envidiosos y  “malos” por no poder festejarlo.

El hombre logra disociar más que la mujer, tiene menos necesidad de comunicación. Muchas veces siente que su mujer nunca va a recuperar su estado de ánimo anterior y no sabe como ayudarla.

El camino de la infertilidad hace que las parejas experimenten una serie de sentimientos inusuales que puede terminar en ellos mismos.

La infertilidad  es vivida por la pareja como una verdadera crisis, impacta en el psiquismo en forma brusca e inesperada y no permite desarrollar rápidamente defensas. Frente a esta crisis, luego de un período de sorpresa, tanto la mujer como el hombre, pueden comenzar a relacionarse con el tema con menor sufrimiento para poder poner en funcionamiento todos los pasos que los llevarán a la solución del problema.

Si una pareja no puede superar por sí sola este momento y no concurre o no solicita una ayuda psicológica especializada, la angustia que la infertilidad provoca no les va a permitir avanzar

¿Qué hacer? Consultar lo antes posible al médico especialista para evitar inútiles pérdidas de tiempo. Lo recomendable es el apoyo psicológico desde el principio. Se puede atravesar este problema con mucho menos trauma; poder verbalizar y discutir las emociones en pareja y con alguien que conoce del tema permite correr de la relación la fantasía de que es la pareja la que está en crisis y sentirse menos solos. Intentar que el pasaje por los tratamientos sea lo menos traumático posible, el bebé posible puede no llegar de la manera deseada, pero hay algo seguro, que es que cada miembro de la pareja se tiene a sí mismo y conserva la posibilidad de vivir bien, no quedar heridos psicológicamente, no perder la relación de pareja es importantísimo. Esto ayudará a tomar mejores decisiones: ¿probar otro tratamiento? ¿Adoptar? ¿Decidir una vida sin hijos? También son soluciones al problema. En tiempos tan hostiles como los que vivimos es importante cuidar la fertilidad del alma con o sin hijos.

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